Medallas concedidas a cotime
Arístides Ferrer García

6ª ETAPA PRESIDENCIAL (1963-1980)

Aristides_Ferrer_Garca1Don Arístides Ferrer García, nace en Arafo el 18 de abril de 1910.

Profesor e Intendente Mercantil, siempre será recordado como el Profesor  de la Escuela de Comercio, que enseñó Geografía Económica.

No fue muy dado a los viajes y a la asistencia al Consejo Superior pero bajo su mandato, se aprobó, publicó  y entro en vigor el Estatuto de las Actividades Profesionales de los Economistas y de los Profesores y Peritos Mercantiles, Real Decreto nº 871/1977.

Con sus gafas de ver más, su frente como una playa solitaria,  aquel cabello ensortijado y siempre revuelto, que algunos caricaturistas de vanguardia tradujeron en guarismos, Don Arístides, así, a secas, era más que la utópica institución, un nexo de presencia tan familiar como nuestras propias familias. Muchísimos de nosotros le conocimos en aquella señorial mansión que siempre se conocerá por la Escuela de Comercio, donación de Imeldo Serís, marqués de Villasegura, que sigue rematada por dos medallones de los bustos de Viera y Clavijo y Agustín de Bethencourt. Tan céntrico y entrañable lugar fue el tagoror donde conocimos a aquel arafero ‑«soy Aristidof de Arafuria», nos decía con cierto orgullo‑, de minúsculo maletín, que surgía como por encanto de una sufrida rubia Peugeot, henchida de tubérculos y productos avícolas. Luego, con el tiempo, comprendimos el porqué siempre fue partidario de modificar el Padrenuestro, con este inicio: «La papa nuestra de cada día, dádnosla hoy...». Algunos aseguraban que, en determinados momentos, implantaba dictadura pedagógica que, posiblemente confundieron con aquella otra «dictablanda» con la que él, precisamente, Don Arístides, etiquetaba, con cierta jocosidad, a la de aquel general jerezano que un día dividió a los canarios...

¡Quién puede olvidar ahora, cuando don Arístides  es perenne recuerdo, aquellas clases de Geografía Económica donde sin barcos, sin camarotes de lujo; sin trenes ni aviones, nos convertía en ilusionados “marcopolos”, con amenos periplos, con estadías sin mareos y con paradas y fondas para analizar con profundidad parcelas y demarcaciones con el solo acompañamiento de un decrépito mapa y aquella voz dura, suave, de ínclito cicerone!

Jamás fue áridamente didáctico; pero le preocupaba ser tremendamente trivial, terreno que, por supuesto, nunca holló. Su lema: Las cuentas claras. Siempre estuvo inmerso en ese inagotable abanico de los cheques, créditos e insolvencias. Luchó bravamente en esa peligrosa trinchera de los déficits, de las depreciaciones, de los saldos, de los cuadres y las cuentas bloqueadas. Contabilizó exportaciones, importaciones y anheló esa dichosa e inalcanzable autarquía local. Punteó, verificó, censuró e informó todo un anaquel isleño dentro de un campo de infinitos conceptos, aunque los neófitos estimen sean ramas asépticas por la pregonada gelidez de los guarismos, «de quienes huyen los pelafustanes y zascandiles».

La anatomía de Don Arístides Ferrer García parecía apabullarnos, pero en realidad, enternecía, como enternecían ‑y acongojaban‑ sus saludos y abrazos distantes, desmemoriados, más disciplinados que cerebrales, por el cruel e implacable azote del paso de los años que, precisamente, vino cebándose,  en los últimos años , en aquella mente otrora erudita, siempre adornada y enriquecida con un humor e ingenio de inconfundible carisma, todo ello sentenciado, para siempre, en aquella amarga fecha de su óbito, a los 84 años, acaecido el 24 de febrero de 1995.

Don Arístides siempre procuró ‑y lo consiguió‑ ocultar el bien que hacía. En realidad imitó al Nilo, que sigue disimulando sus principales fuentes; los que tuvieron la oportunidad de visitar su hogar; los que tuvieron la ocasión de compartir la proverbial sencillez y campechanía de su esposa, doña África Hernández Rodríguez;  los que se extasiaron con la pinacoteca de su hogar y los que pudieron penetrar en su despacho festoneado con unos libros de museo mercantilista y otras múltiples ramas del saber humano; los que, en fin, tuvieron opción a estos logros, se pudieron dar cuenta, si fueron aguijoneados por la curiosidad, que don Arístides seguía fielmente imitando al Nilo en su modestia, ocultando tras la puerta de dicho despacho las máximas cotas de su trayectoria, donde estaban colgados sus títulos, diplomas y distinciones bajo la mirada sabia y kinderiana de Albert Einstein, que parecía gozar con la presencia de uno de sus más fervientes admiradores, que nos dictaba de memoria aquel pensamiento del matemático: «El que no posee el don de maravillarse ni de entusiasmarse más le valdría estar muerto, porque sus ojos están cerrados».

En su etapa de Presidente del Colegio Oficial de Titulados Mercantiles, mantuvo el vínculo entre la Escuela de Comercio y el Colegio.

Realizó las gestiones preparatorias para la creación de la sede del Instituto de Censores Jurados de Cuentas de España en la Isla.

En 1990 se le entregó el Premio Andrés Pérez Faraudo, en reconocimiento a su dilatado y superior magisterio y del incondicional apoyo que siempre prestó a sus alumnos.

 
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